Cómo superar el dolor físico a través de la meditación

Transforma tus heridas en sabiduría

Oprah Winfrey

 

El dolor está en la mente.

Todo lo que hemos sentido alguna vez, oído, visto, olido… todo ha sido en la mente.

La meditación cambia nuestra mente. A niveles físicos, medibles.

No es de extrañar que la meditación cambie la forma en la que el cerebro interpreta el dolor (estudio).

Pero lo primero que hay que hacer no es ponerse a meditar obsesivamente. Primero tienes que entender el dolor.

 

Entendiendo el dolor físico

Lo que piensas acerca del dolor importa.

Esto se demostró con un estudio en el que unos voluntarios recibían estímulos de distinta intensidad en el brazo, y tenían que evaluar la intensidad del dolor que habían sufrido.

Lo interesante vino cuando los investigadores empezaron a anunciar a los voluntarios que iban a recibir el estímulo contrario al que recibían en realidad.

Pasó que, cuando el voluntario creía que iba a recibir un estímulo débil (cuando en realidad estaba recibiendo uno fuerte) lo percibía como uno débil, y viceversa.

De esto se deduce que el pensamiento que tenemos acerca de un dolor juega un papel vital en la experiencia que tenemos.

A más queramos deshacernos de un dolor, más insoportable será. Por el contrario, si eres capaz de modificar tu actitud frente a él, —dándole un sentido, por ejemplo— puedes cambiar la experiencia por completo, haciéndola mucho más inocua y llevadera.

 

Soportamos mejor un dolor si es previsible

Nuestra mente no se comporta muy bien cuando las cosas escapan a su control.  Es una sensación un tanto desbordante para ella. Sobre todo cuando se trata del dolor físico.

Si empezamos a pensar que esa molestia durará indefinidamente, estaremos levantando las paredes de nuestra propia cárcel. No habrá escapatoria; no habrá a dónde ir. Ese dolor estará torturándonos a cada hora del día.

En cambio un dolor previsible te permite prepararte para él.

Si conocemos los límites, podemos saber a qué nos enfrentamos. Esto supone una gran diferencia a nivel psicológico y moral. Porque nuestra mente ya no puede agrandar la experiencia artificialmente.

Ahora la percibimos tal cual es, o mejor dicho, tal cual creemos que es.

Por eso los voluntarios del estudio percibían un dolor fuerte como uno débil, porque creían que iba a ser débil. Así que la mente se adecuó a esa realidad.

 

Un dolor es más manejable si tiene un propósito

Si pensamos en el dolor como una transición, como por ejemplo, el puente hacia algo mejor, podemos soportarlo mucho mejor.

Tomemos como ejemplo el deportista que acepta el sufrimiento del entrenamiento a cambio de saber que, una vez pase, se habrá hecho más fuerte, más rápido, más ágil.

O aquella persona que recibe de buen grado los efectos secundarios de un medicamento sabiendo que éste le curará una enfermedad mucho peor. O alguien que dona un órgano para salvar la vida de otra persona. Incluso, sin ir tan lejos, alguien que simplemente dona sangre.

Que un dolor tenga un propósito elimina la ansiedad vinculada a él, nos da control sobre nosotros mismos y elimina la sensación de impotencia y desconcierto.

Por el contrario, si reaccionas con miedo y no eres capaz de deshacerte del apego que tienes hacia ellos, irás acumulando tensión poco a poco, y esos dolores empeorarán con el tiempo.

Puedes llegar a pensar que un dolor crónico no es un puente hacia nada. No es como el deportista, o el que dona sangre. Tu dolor siempre está ahí, sin razón ninguna.

Pero en realidad, sí que lo es: es el puente entre tú y tu vida. No dejes que un dolor te impida vivirla con dignidad.

 

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Cómo la meditación puede ayudarte

Ya hemos visto que gran parte de las dificultades del dolor no se deben a la propia experiencia, sino a la percepción que nosotros tenemos de ella. Esta percepción es causada en gran parte por los filtros que pone nuestra mente.

La meditación es una vacuna efectiva contra esos filtros. Como sabes, uno de sus principales cometidos es ayudarte a percibir la realidad tal cual es, sin la distorsión que provoca nuestra mente.

Del mismo modo que delimitamos un pensamiento observándolo, podemos delimitar un dolor haciendo lo mismo. Y si delimitando un pensamiento nos ayuda a evitar que nos controle, lo mismo pasará con el dolor físico.

Veamos algunas técnicas directas:

 

Convertir el dolor en objeto de meditación

Sucede que si tomamos el dolor como algo amenazante, si dejamos que nos preocupe, sólo haremos que se intensifique. En cambio, si lo observamos y nos sumergimos en la experiencia del presente, lo convertiremos en un simple flujo de energía.

Por supuesto, conservará su intensidad, pero no más. Nuestra mente ya no tendrá poder para intensificar y empeorar la experiencia. El dolor ya no será nuestro amo.

Del mismo modo que meditamos centrándonos en nuestra respiración, toma la sensación de dolor como objeto y céntrate en él. No lo juzgues, ni interpretes, ni rechaces…

Simplemente contémplalo. Sumérgete en la experiencia: esto le pondrá límites, hallarás cuáles son y evitarás que la sensación de dolor vaya más allá, afligiendo tu moral y tus fuerzas.

Estas sesiones puedes sustituir a las de mindfulness; al fin y al cabo, únicamente estás cambiando el objeto de meditación, pero al mismo tiempo estarás ayudándote a dominar tu dolor físico.

 

Utilizar imágenes mentales

Puede que esto suene algo raro, pero nuestro cerebro pudiera no conocer la diferencia entre lo real y lo imaginario.

Así lo demuestran muchos estudios, como este, en el que los sujetos aumentaron la fuerza de ciertos músculos simplemente imaginando que los ejercitaban, sin hacer ni siquiera una repetición en la vida real.

Puedes hacer el siguiente ejercicio:

Siéntate tal como si fueras a meditar y relájate (puedes hacer un escaneo corporal si te ayuda).

Entonces proyecta en tu mente una imagen de tu cuerpo entero, como si fueras otra persona y te estuvieras observando meditar en ese momento.

Localiza en esa visión las áreas de dolor. Puedes resaltarlas con una luz brillante.

Una vez las hayas localizado, imagina como cada átomo de dolor se transforma en uno de bienestar. Imagina esas áreas de tu cuerpo curándose, liberándose del dolor.

Imagina todo tu ser en paz y tranquilidad. Si el dolor aflora en ese instante, aumenta la intensidad de tu visión, pero sin juzgar el dolor en sí. Simplemente obsérvalo. Recuerda que lo peor que puedes hacer es reaccionar negativamente hacia él.

 

Utilizar la compasión

Puede llegar a parecer una solución de revista, y desde luego no muy graciosa para alguien que padece un dolor crónico.

Pero como vimos antes, la interpretación que tengamos del dolor es vital en nuestra experiencia.

Piensa por un momento en el resto de personas del mundo y reflexiona: millones de ellas también padecen dolores intensos, puede que peores que los tuyos.

El objetivo de este ejercicio no es sustituir la meditación, sino que te sirva como recordatorio de que tu dolor no es un maldición, ni tampoco un peso que solo tú cargas. Todos los seres humanos buscamos lo mismo: poder vivir en paz.

Así que, cada vez que aflore un pensamiento del tipo “Desearía librarme de todos estos dolores que tengo”, piensa también en el resto de personas que están como tú. Siéntete parte de algo; envía ese deseo al resto de personas con la misma fuerza con la que te lo mandas a ti mismo.

 

compasion

 

Nadie tiene cicatrices a causa de la felicidad. Por desgracia, poco aprendemos de las épocas de paz y tranquilidad. Casi al contrario: nos volvemos débiles y perezosos.

Quizás el dolor tiene eso de especial; nos hace más sabios. Nos obliga a apreciar el mundo de otra manera, a darle más valor.

No quiero que entiendas este artículo de la forma equivocada. La meditación no suprimirá el dolor, pero desde luego que te ayudará. La nueva perspectiva que ganarás lo reducirá todo a lo estrictamente real, sin que tú y tus preocupaciones exageren nada.

Tu cuerpo puede estar atado con cadenas, pero la libertad está en la mente. Tú elijes si dejarte dominar por el dolor y las dificultades, o conservar tu paz interior y vivir tu vida con dignidad.

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