Por qué tu improductividad no es por falta de concentración

Alerta-movil

Ahora mismo estoy centrado en escribir esta frase

Estoy teniendo éxito, y eso hace que me sienta bien.

Pero entonces, oh, empiezo a dudar de la siguiente frase. Un instante de duda se convierte en varios segundos. Los segundos se acumulan. A más segundos pasan, más dudas emergen.

¿Cómo debería lucir esta frase?

¿Qué debería comunicar?

¿Me estoy yendo por las ramas?

¿Qué intentaba conseguir con esta frase?

Y tanta duda me hace sentir incómodo

De repente, todas las buenas sensaciones se desvanecen—ahora solo queda una punzada incómoda en el pecho. Una que me está intentando decir algo, desesperadamente:

Ve a chequear el móvil, te sentirás mejor.

Ve a picar algo, te falta energía.

Y a más sugerencias propone mi cerebro, más me alejo del problema principal—escribir la maldita frase.

¿Pero es la “concentración” el problema?

Porque, bueno, en aquel momento podría concentrarme mucho en otras cosas: comer, revisar el móvil, echar una siesta, abrir Youtube… Todo parecía bastante atractivo para mí. Concentrarse en esas cosas no sería difícil.

Así que el problema real no es la falta de concentración. Porque tener, la tengo.

El problema tiene que ver con la resistencia que ofrece cada tarea

Estaba muy a gusto cuando escribía sin fricción, cuando las palabras fluían sin interrupción. El texto tenía un estilo natural impreso en él.

Pero luego empiezo a arrastrar las palabras, y el cerebro empieza a notar un poco de resistencia. Y después empiezo a dudar de lo que ya he escrito, y la resistencia se va acumulando.

Y entonces tengo que decidir entre seguir soportando la tensión y empeorándola, o escapar hacia una alternativa más placentera. Como un snack, o un vídeo de Youtube, o una siesta.

Luchar contra esos impulsos es inútil

Aquí estoy, escribiendo, todavía. En mi pecho siento una sensación tenue, vaporosa, no del todo construida, de ir a chequear el móvil. El impulso es débil, así que decido aplastarlo a base de voluntad y sigo escribiendo.

Pero a más lo contengo, más fuerte contraataca. Como a un niño caprichoso al que se le ha dado un “no” por respuesta. Las palabras de la pantalla se vuelven turbias. Todo me distrae, todo intenta arrastrarme lejos de la pantalla.

Así que dejo de luchar

Me detengo por un momento.

(Me detuve realmente).

Y ahora estoy aquí otra vez, escribiendo tan plácidamente.

¿Qué demonios hice?

Exactamente esto: nada.

No luché contra el impulso de chequear el móvil. Tampoco revisé el móvil para liberar la tensión. Ni siquiera me juzgué por haber tenido ese impulso.

Exacta y concienzudamente, no hice nada.

Resulta que dejarse llevar por los impulsos no es tan placentero como parece

El intenso chute de dopamina, el dulce sabor de la anticipación; ambos son más placenteros que satisfacer el impulso en sí.

Lee eso otra vez: comerse un helado no es tan placentero como saber con toda seguridad que estás apunto de comerte uno.

Cada impulso está diseñado para que el comportamiento que estimula parezca la panacea del placer—hasta que lo cumples.

La buena noticia es que cualquier impulso se desvanece con el tiempo

Cualquiera de ellos. Ningún impulso dura para siempre, ni siquiera de un momento a otro. Están constantemente cambiando, modulando su intensidad, hasta que eventualmente desaparecen.

Cuando sientas que no puedes concentrarte porque tienes tropecientos pensamientos en la cabeza, detente. Para un segundo y observa esos pensamientos. Observa cómo cambian de sitio, de intensidad, y de forma.

Y cómo eventualmente desaparecen.

La falta de productividad rara vez es por culpa de falta de concentración

Es que te dejas llevar por los impulsos muy fácilmente.

Así que, cuando los notes, no hagas nada. Solo observa. Y cuando desaparezcan, redirige tu atención a la tarea en cuestión.

Y al final, quién lo diría, he conseguido llegar hasta el final de este artículo. ¡Pues no ha sido tan terrible!

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