Por qué la falta de conciencia podría estar arruinando tu vida

En la vida, las cosas en las que fijamos nuestra atención, crecen

John Gray

¿Ya te has olvidado de los propósitos de año nuevo?

Puede que lo que te voy a decir ahora te quite un poco de resentimiento. La culpa no es tuya.

De hecho, todos tenemos dos versiones de nosotros mismos. Cuando estamos atentos y cuando no. El primero es responsable de casi cualquier cosa productiva que hayas hecho en tu vida. El segundo es el que tira la cuchara a la basura y el yogur al fregadero.

Sin embargo, sí que es culpa tuya que el segundo tome el control a menudo.

Claro, como este blog habla sobre meditación, entonces la meditación es la solución para TODO en esta vida, ¿No?

No, la meditación no es la solución. No es un fin. Es lo que nos otorga las aptitudes que nos permiten enfrentarnos a todo lo demás.

La falta de conciencia o de atención plena es una enfermedad, porque con ella aparece el enemigo del que hablaremos hoy. Y esa enfermedad, por supuesto, la puedes curar meditando.

 

A qué nos enfrentamos

Hoy hablamos de algo tan sencillo como los impulsos. ¿Y qué rayos es un impulso?

Dicho llanamente: una reacción en respuesta a un estímulo. 

Todos ellos condicionan nuestro comportamiento, muchas veces de maneras que ni siquiera se notan, como devolver una sonrisa o recordar algo a través de un olor característico.

Pero otros son más peligrosos e incluso más automáticos.

 

Nos impiden mejorar y no nos damos ni cuenta

Te pondré el ejemplo más gastado y castigado de la historia: empezar una dieta.

Puede llegar a ser fácil planearla o encontrar la motivación. Incluso empezarla. Las dificultades empiezan cuando ves un helado y de pronto te dan ganas de comerlo. Y te lo compras claro.

No pasa nada, empezaré la dieta mañana, podrías pensar.

Y con esta sencilla reacción, postergamos, y postergamos, y postergamos… Y nunca cambiamos.

En realidad, cualquier cosa puede ser el desencadenante de un impulso: el ruido de la televisión, ver una foto… Infinidad de cosas a nuestro alrededor puede disparar un gatillo en nuestro interior, y hacer que se desencadene una acción inmediata y automática.

El poder de los impulsos radica en que se activan sin darnos cuenta. Ya hemos hablado del piloto automático, ¿Recuerdas? Los impulsos son la vía más rápida hacia ese estado.

Aunque todo hay que decirlo: no todos los impulsos son perjudiciales. Podrías encontrarte con alguien que conoces por la calle y que te invada de repente una sensación de alegría y bienestar. O una foto en tu móvil podría recordarte a tu madre, y haría que te dieran ganas de llamarla.

Pero sí es cierto que es mejor librarse de los impulsos perjudiciales. Pero, ¿Por donde empezar?

 

antojo-impulsivo

 

Los impulsos se generan en nuestro entorno

Como no podía ser de otra forma, todo lo que nos rodea tiene cierto poder sobre nosotros. Y esto influye en nuestro comportamiento. No podemos hacer nada para evitarlo.

Todo es, por así decirlo, culpa de nuestro cerebro. Ha evolucionado para ser implacablemente eficiente, así que todo lo que pueda automatizar para ahorrar energía, lo automatizará.

Y aunque esto nos ha mantenido con vida durante siglos, ahora el mundo está lleno de cosas que queremos evitar pero nos dan una enorme satisfacción. Nuestro cerebro no entiende la diferencia.

Por añadido, los impulsos son tan fuertes porque éste se rehúsa al cambio. Lo evita como la peste. ¿Cuántas veces has sentido que algo es más fuerte que tú? Precisamente, eso es tu cerebro sobreponiéndose a tu fuerza de voluntad.

Su razonamiento es sencillo:

Variabilidad=Riesgo
Riesgo=Muerte

Pobrecito, solo intenta mantenernos con vida. Por eso cuando encuentra un patrón seguro, se adhiere a él como un pelo a una pastilla de jabón.

La consecuencia para nosotros es que esto nos conduce directamente al piloto automático; un estado de inconsciencia en la que tenemos una percepción muy distorsionada.

 

¿Cómo nos libramos de ellos?

Lo digo SIEMPRE. Conciencia. Es tan sencillo como prestar atención.

Pero sencillo no significa fácil.

 

Establece un objetivo primero

¿Quién sabe cuantísimos impulsos dañinos se disparan en tu cerebro en un día normal?

Ponerse a buscar como loco intentando estar en una guardia perpetua no es ni sencillo ni eficaz a largo plazo. No intentemos matar moscas a cañonazos.

Encuentra un área en la que quieras mejorar. Por ejemplo, qué te digo yo… empezar a meditar, si no lo has hecho ya (por dejar un poco en paz al de la dieta, que ya ha hecho bastante).

 

Identifica los impulsos que intervienen

Pero recuerda: únicamente los relativos a esa área específica.

Y por identificar, no sólo me refiero a los malos. También habrá impulsos que puedan serte de ayuda.

Que alguien con quien vives busque la misma meta, por ejemplo. Incluir a otros en tu objetivo no sólo te hace más responsable y te motiva, sino que puede hacer que tengas el impulso de meditar y te sea más fácil mantenerlo en el tiempo.

Un impulso perjudicial puede ser que en el horario que has escogido para meditar suele haber ruido en tu casa y eso te moleste. O que acabas de almorzar y te estás cayendo de sueño, suplicando por una siesta.

Sé consciente de tantas reacciones automáticas como seas capaz. Qué sensaciones te dan, si te empujan hacia el objetivo o todo lo contrario, etc…

 

Crea un plan de acción

Una vez has identificado qué es lo que te impide alcanzar tu meta, adáptate.

Ten en cuenta que no he dicho eliminardeshacerte de o cualquier cosa parecida. Antes vimos que los impulsos y los hábitos cobran mucha fuerza en nosotros mismos. Intentar arrancar uno de raíz consume mucha energía (suponiendo que seas capaz).

Si después de almorzar solías echar una siesta, simplemente no medites en ese momento. No intentes arrancarte el impulso de dormir. En cambio, encuentra aquellos impulsos o hábitos perjudiciales y sustitúyelos por uno constructivo.

Supongamos que sueles trabajar en tu ordenador pero no puedes evitar revisar las redes sociales cada 20 minutos.

No luches a contracorriente. Cada vez que salte el impulso, sustituye la acción por otra actividad más conveniente. Puede ser leer una página de un libro que —intencionadamente— hayas puesto cerca de ti. O puedes hacer un escaneo corporal de concentración para ayudarte a terminar lo que tengas pendiente.

 

No te des muchas opciones

Paradójicamente, a más opciones tenemos, menos probable será que tomemos una decisión.

Esto no lo digo yo, está más que estudiado. No hace falta que vayas muy lejos para comprobarlo. Tú y todos nos hemos mareado cuando en el supermercado hay 3 o 4 variedades de una misma fruta, cuando la principal diferencia que notamos no es el paladar, sino en el precio.

Lo que haremos entonces será dar pasos sencillos y concretos hacia el objetivo. Si nuestro plan es, de nuevo, empezar a meditar, es más conveniente decir: cada día voy a meditar 5 minutos justo después de desayunar, que, en cambio, mañana voy a meditar por la mañana.

Del mismo modo, evita la ambigüedad. No des cabida a las interpretaciones. Sé claro y conciso.

 

Revisa tu progreso

Lord Kelvin dijo: Lo que no se mide, no se puede mejorar.

Si quieres saber a dónde quieres llegar, es más que conveniente saber primero dónde te encuentras ahora mismo. Pero no quiero que te obsesiones, sólo que tomes conciencia del proceso y del progreso.

Puedes llevar un pequeño diario con tus progresos. O apuntar tu avance en una simple hoja. No hace falta complicarse.

 

Aprovecha los impulsos constructivos

Ya hablamos antes de que nuestro cerebro intenta automatizar todo lo automatizable, y que no comprende la diferencia entre lo beneficioso y lo perjudicial.

Por último, dedicaremos un espacio a esos hábitos e impulsos que sí queremos aprovechar (y potenciar).

Hay estudios que han demostrado que la fuerza de voluntad es un recurso que se agota. Poco tiene que ver con lo predispuesto que sean tus genes a hacerte responsable y disciplinado.

En cambio, es un músculo que se entrena y que, por supuesto, se agota con su uso a lo largo del día. No es algo raro que cuando llegues a tu casa por la noche sucumbas a la televisión o a la comida basura sin ofrecer mucha resistencia.

Esto es un síntoma de lo que se conoce como síndrome de fatiga informativa, o fatiga de decisión.

Busca imágenes en Google de Steve Jobs o Mark Zuckerberg. Siempre vistieron las mismas vestimentas en sus conferencias. Ellos y otros como Albert Einstein también hacían lo mismo.

¿El motivo? Librarse de algo tan sencillo como elegir qué ropa ponerse. Eso evita que malgastemos la preciada energía de decisión en cosas inútiles, porque cuando está próxima a agotarse, el cerebro tiende a tomar atajos, lo que conduce a que seamos más propensos a los impulsos.

Por este motivo, identifica los hábitos constructivos que tienes y desarróllalos. Cada uno de ellos, como cepillarte los dientes nada más comer, o leer después de desayunar, te están ahorrando fuerza de voluntad.

Este recurso no es acumulable. Cada día al despertarte recibes una cantidad limitada, así que aprovéchala. Tal vez no puedas tomar el control de tu vida porque hay demasiados impulsos negativos en tu vida y muy poca fuerza de voluntad. Trabaja para cambiar las tornas.

Y, por supuesto, la meditación es un compañero de viaje indispensable. Abandona el piloto automático y actúa con conciencia. ¡Hay un mundo ahí fuera esperando a ser percibido!

 

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