¿Por qué el placer es un mecanismo que evolucionó para hacernos miserables?

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Eran los últimos días de la vida de Epicuro, unos días de sufrimiento que vivió fiel a su filosofía

Escribía Epicuro en una carta a Idomeneo:

«Te he escrito esta carta en un día feliz para mí, que es también el último día de mi vida. Porqué he sido atacado por una disentería tan violenta que nada puede añadirse a la violencia de mis sufrimientos. Pero la alegría de mi mente, que proviene del recuerdo de toda mi contemplación filosófica, contrarresta todas estas aflicciones».

Pero la filosofía de Epicuro no era «perseguir el placer a toda costa»?

Epicuro enseñaba el hedonismo. Los hedonistas persiguen el placer y la gratificación instantánea. Creen en el placer como único valor intrínseco.

El hedonismo es como la filosofía contraria al estoicismo. Los estoicos posponen el placer inmediato a favor del progreso a largo plazo. Desarrollan resiliencia mental y física, y no dependen del placer.

A simple vista, parece que los estoicos lo llevarían mejor durante una disentería mortal.

Sí perseguía el placer, ¿cómo es posible que Epicuro fuera feliz en su lecho de muerte?

El placer, tan perseguido por él y los hedonistas a lo largo de una vida, ahora era inalcanzable. Nada podía añadirse a la violencia de sus sufrimientos. Y su sufrimiento, que tanta contemplación filosófica le había llevado evitar, ahora era inevitable.

Epicuro se había equivocado persiguiendo el placer. Algo tan volátil y esquivo. Y sin embargo terminó como todos: en el denso pozo del sufrimiento.

Salvo que cuando Epicuro hablaba de «placer», no se refería a lo que nosotros creemos que es

Sí, Epicuro sostenía que el placer era el único valor intrínseco. Pero su filosofía no es como se la cuenta en la versión de andar por casa.

Epicuro y su hedonismo no abogaban por perseguir a toda costa cualquier forma de gratificación. El objetivo no es la búsqueda del placer, sino la ausencia del dolor. Un estado neutro que él llamaba «ataraxia»: la liberación de toda preocupación y el desarrollo de una tranquilidad interior.

Y esa tranquilidad interior no se puede alcanzar a través de la búsqueda de placeres físicos.

Entonces, ¿qué es el placer, realmente?

Para entender el placer hay que tener en cuenta las circunstancias en las que se creó.

Y quiénes lo crearon.

Vamos a decir que esos «quiénes» son nuestros genes. Y su objetivo no es otro que transmitir su código genético a la siguiente generación de organismos.

Imagina la tremenda tarea de estos genes

Para transmitir ese código genético, un organismo tenía que hacer, básicamente, dos cosas:

  • Crecer y desarrollarse.
  • Reproducirse y asegurar la supervivencia de la progenie.

¿Cómo crece y se desarrolla un organismo? Ingiriendo nutrientes de forma constante. Comiendo.

¿Cómo produce su progenie? Reproduciéndose con otros organismos de su especie.

La tarea de los genes es que el organismo se dedique a esas dos actividades

Comer y reproducirse. Sin comida, el organismo se muere, y si no se reproduce, no transmite el código genético a la siguiente generación.

Y el impulso hacia ellas tiene que ser, además, muy fuerte. Tiene que hacer que el organismo no se achique ante otros animales más grandes que él en la lucha por comida. Tiene que hacer que luche a muerte por la mejor pareja.

El impulso que crearon los genes fue el placer

Así que los genes te recompensaban cada vez que actuabas a favor de tu supervivencia. Y te castigaban cuando no lo hacías.

Un mecanismo simple, quizá no el mejor, pero funcional.

El placer es funcional porque consigue que los organismos transmitan el código genético a la siguiente generación. Pelean por su comida cuando tienen hambre, y aseguran la supervivencia de la progenie.

El sufrimiento, lejos de ser funcional, es un daño colateral del placer.

Porque la función del placer no es hacernos felices, sino al contrario

Imagina un organismo que tiene hambre por primera vez: se pone a buscar comida, la consigue, la ingiere. Y queda satisfecho para siempre. Ese organismo, estando satisfecho, jamás volverá a comer, y se morirá.

Lo mismo pasa con la reproducción. Si cada organismo se reprodujera una sola vez, la cantidad de progenie sería mucho menor, y la especie mucho más vulnerable.

Así que para que el mecanismo del placer funcione, tiene que reiniciarse tan pronto como el organismo consigue lo que quiere. Y al reiniciarse, le devuelve al estado previo de insatisfacción.

Y este ciclo de sufrimiento no tiene fin

Porque la recompensa del placer no se activa justo en el momento en el que la miel toca nuestra lengua. La recompensa se activa mucho antes, cuando hemos conseguido esquivar a las abejas, recolectar la miel, y tener la seguridad de que estamos a punto de comerla.

El placer se activa con la anticipación de la recompensa, no tanto con la recompensa en sí. Y tan pronto como saboreamos la miel, el mecanismo del placer se reinicia.

«Pero la alegría de mi mente, que proviene del recuerdo de toda mi contemplación filosófica, contrarresta todas estas aflicciones»

Epicuro—y otros muchos a lo largo de la historia—se dieron cuenta de que el placer, en su esencia, es la raíz del sufrimiento. Es un mecanismo que evolucionó para hacernos miserables.

No existe la felicidad eterna en perseguir el placer a toda costa, o en intentar desentendernos de él.

Quizá lo que tengamos que buscar sea ese estado de ataraxia, ese estado neutro: no dependiente del placer, no en contra del placer, sino más allá de él.

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