Cómo negociar con tus excusas (y no acabar perdiendo, como siempre)

saludo

Es de conocimiento popular que a las 3:14PM es una hora terrible para empezar a trabajar después de comer

Todo el mundo sabe que se empieza a las en punto, o a las y media.

¡Oups! Se me fue la hora. 3:38PM. Ahora tendré que esperar hasta las 4 en punto…

¿Pero sabes qué? Hace muy poco que he comido y todavía tengo media ensalada en el esófago. Mejor espero a las 4 y media.

Y así hasta que anochece

En algún punto de la tarde—después de una cabezada, un vídeo cómico en Youtube, unos frutos secos, y dos capítulos de una novela de Sapkowski—se me ocurrió que, quizá, lo que estaba haciendo era procrastinar.

Pero, ¿cuál es la alternativa?

¿Darle otro intento a ese artículo sobre inferencias que no consigo hacer menos aburrido?

¿Pelearme con el panel de control de WordPress—otra vez?

¿Leer el paper «Autorregulación de la inferencia cognitiva y de los procesos de decisión» (cuyo título ya advierte que no es para leerlo con el desayuno)?

Supongamos que mi atención tiene que elegir entre eso y las excusas

Está claro que las excusas van a cerrar el trato. El problema es que las excusas siempre terminan escalando.

Empiezan con un inocente «A las y media/en punto me pongo».

Siguen con «a ver qué clase de basura hay hoy en Tendencias de Youtube».

Y terminan con «Bueno… hoy se ha perdido, pero mañana es otro día».

Pero no olvidemos que somos nosotros negociando con nosotros mismos

¿Y quién negocia? Bueno, si tuviéramos que ponerles nombre…

Nuestro yo racional.

Y nuestro yo primitivo.

El yo racional somos nosotros. Es el que piensa «Humm, en serio, debería ponerme a trabajar ya en ese artículo».

El yo primitivo es el que quiere con todas sus fuerzas el helado de stracciatella del congelador, simplemente porque está ahí, y porque se lo puede comer ahora en vez de luego.

Si tu yo primitivo siempre gana, es que aún no has aprendido la primera regla de las negociaciones

Dale a tu contraparte lo que quiere.

Mhmm, déjame matizar eso:

Dale a tu contraparte lo que realmente quiere.

¿Qué es lo que quiere tu yo primitivo? ¿Quiere ver Youtube, echar la siesta, y comer helado? ¿Quiere arruinar tus ambiciones y sueños por deporte?

No. Tu yo primitivo quiere lo mismo que tú. Él también quiere que progreses en la vida, y que las cosas te salgan bien.

Pero tu yo primitivo te ayuda de la forma que sabe

El cerebro es adicto a la homeostasis—es decir, a estar a gusto. Tus metas, objetivos y ambiciones están muy bien y son muy beneficiosas. Pero para tu yo del futuro.

Mientras, tu yo del presente tiene que soportar toda la tensión de las deadlines, las listas de tareas, y las hojas de proyecto.

Tu yo primitivo sabe que estás en tensión, y quiere protegerte. Quiere que te sientas bien. Por supuesto que no te vas a morir por un poco de incomodidad, pero tu yo primitivo no lo entiende.

Entonces, ¿cómo le damos al yo primitivo lo que quiere, pero sin ceder a las excusas basura?

Para ganar la negociación con tus excusas, tienes que darle a tu yo primitivo lo que realmente quiere.

Y lo que quiere no es un helado, o ver un vídeo en internet. Quiere que prestes atención a las excusas.

Las excusas son una fuente impagable de información: te dicen con bastante exactitud qué es lo que está fallando, para que puedas corregirlo.

No son excusas, sino requisitos.

¿Y si tus excusas fueran requisitos?

La legendaria excusa «No tengo tiempo» es, casi siempre, un grito de ayuda para que organices mejor tu día a día.

«No tengo talento» es otra forma de decir que te falta leer más, practicar más, y ser más persistente.

«Mejor empiezo mañana» es una señal de que no sabes prepararte para una tarea, y por eso te dan los ataques cuando llega el momento de hacerla.

¿Qué nos está queriendo decir el yo primitivo?

Organízate.

Fórmate.

Prepárate.

Y esta es la segunda regla de las negociaciones: la información es poder

Detrás de tus excusas hay una mina de información. Y esa información te está diciendo cuál es el siguiente paso para deshacerte de esas pequeñas excusas que entorpecen tu día a día.

Para ganar esta negociación necesitas esto, esto y lo otro.

Ya no tiene nada que ver con fuerzas externas que te impiden ser feliz, sino con algo sobre lo que tú tienes absoluto poder.

Déjate de excusas

Normalmente, lo único que notas de las excusas es un impulso por aplazar lo que deberías hacer, y la necesidad de buscar una explicación para sentirte cómodo con esa decisión.

Usa tus excusas como un mecanismo diseñado para ayudarte, y no como una barrera que ha puesto tu yo primitivo porque tiene un placer perverso por verte sufrir.

¿Qué hora es? ¿4:37? ¿6:41? Va, cualquier momento es bueno para empezar.

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on email
Share on whatsapp

Deja un comentario